Chiquitina somos todas

Chiquitina somos todas

No sé si os ha pasado alguna vez eso de vivir algo muy intensamente y luego irlo reposando hasta que se convierte en una sensación constante pero mucho más leve. A veces se trata de cosas desagradables y, bueno, no gusta. Aunque si el dolor sordo deja paso a una molestia manejable, si conoces los momentos en los que la punzada de tristeza te va a atravesar y te puedes preparar, si la pena o la rabia dejan espacio para una caricia, un paseo, un abrazo o unas risas con amigos, sabes que tienes mucho ganado. Son duelos que te permiten, poco a poco, ir encajando cada cosa en su sitio, buscando el mejor lugar para que no te hagan tropezar, que no molesten, que no hagan feo.

En otras ocasiones la intensidad viene en forma agradable. Momentos de euforia que te hacen prometer lo imposible, meterte en proyectos que nunca te viste capaz de emprender y verte totalmente invulnerable: valiente rozando la temeridad. Y, de igual forma, el tiempo pasa y coloca las cosas en su sitio, depositando en el fondo poco a poco la locura, la carcajada desmedida y las mariposas de las tripas. Ahí saboreas el regusto de lo que has sacado, que flota sobre el resto calmado, libre y honesto. Es ese suspiro, esa caricia o ese beso tranquilo que te devuelve a tu cuerpo después de la culminación del abrazo de la que hablaba Galeano. Vuelves a la realidad y agradeces el sosiego tras la explosión. Devuelves el valor y el protagonismo a respirar de forma natural. Y en ambos casos es maravilloso ese después. En el primero porque te das cuenta de que no te has olvidado de vivir. En el segundo porque sabes que eso, vivir, es lo que más te importa. Así que aquí me tienes, reposada, tranquila y orgullosa tras bajarme de una montaña rusa emocional que empezó su recorrido hace un año y sentada en una de esas barquitas que te pasean tranquilas por el lago. Digamos que siento el sol en la cara, la brisa en la piel, el olor a almendras tostadas y las risas de los niños.

Yo podría ser ella, la protagonista de “El viaje de Chiquitina”, que un día decidió emprender su propio camino y no le resultó sencillo. Que tuvo que aprender a dar a cada cosa el valor que realmente tiene. Que empezó a apreciar la grandeza de ser una misma. El criterio propio, que tanto grita y tan poco escuchamos a veces.

Me la imagino al final de su camino, en su barquita de remos, contando con todo lo que necesita y rodeada de aquellos a quien quiere. No todos, seguro, que es difícil reunirlos a todos, pero queriendo a los que están. Enfocada en saborear el momento. Deseando seguir navegando por ese lago en calma. Sabiendo que ahora sabe manejar los remos y orgullosa de ese poder. Sí, podría ser ella. Porque el 28 de noviembre presenté su historia entre familia y amigos. Porque pude volver a respirar con normalidad tras la última bajada vertiginosa del vagón. Porque sentí el cálido abrazo del amor. Porque la ilusión hizo hueco a la incertidumbre y se reconocieron como compañeras.

Seguro, podría ser ella: emprendedora, valiente y capaz, aunque no se lo crea. Yo podría ser ella. Y podría ser tú. Y tú podrías ser ella. Pero es tan maravilloso ser uno mismo que nos queda ir eligiendo nuestro propio camino con la certeza de que es por donde queremos caminar.

Ojalá tengas libertad para ejercer esa elección. Ojalá tengas las herramientas que te ayuden a conquistar esa libertad. Ojalá seas capaz de fabricar esas herramientas si no las tienes.

Por mi parte, disfrutaré del paseo en este hermoso lago. Aunque no descarto la posibilidad de subirme de nuevo a esa montaña rusa.

Almudena Herrero Torrecilla, autora de El viaje de Chiquitina.


Pedrada medieval

Charla sobre hegemonía cultural y la literatura al servicio del poder y de resistencia.
La lechuza, Monte, Cantabria


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