Eu non creo nas meigas, mais habelas hainas: «Yo no creo en las brujas, pero haberlas, haylas».
Este dicho gallego se refiere a las meigas de su legendario, seres semejantes a las brujas o sorginas de otras regiones. Curanderas portadoras de sabiduría ancestral según unas, hechiceras que predicen e intuyen según otras, o bruxas que atraen, engañan o hasta maldicen y usan artes arcanas para crear el mal.
Generalmente, aunque los estudios y opiniones respecto a los términos se mezclan y contradicen, ha trascendido su significado primigenio para acabar usándose como frase hecha e insinuar que existen cosas más allá de lo visible y lo palpable.
Hablar de brujas da para mucho porque se pueden analizar desde diversos prismas: mitología, historia, feminismo, política incluso.

Las brujas son, quizá, las criaturas más antiguas de nuestro imaginario. Aparecen en todas las épocas, en todas partes: en leyendas africanas, mitos asiáticos, relatos nórdicos o cuentos mediterráneos. Todas eran mujeres sabias, temidas o respetadas, que conocían los ciclos de la naturaleza y los secretos de las plantas, y a las que se atribuían talentos y habilidades que desafiaban a la lógica.
En Europa, durante siglos, fueron (controvertidas) parteras y curanderas, guardianas de un saber que hoy llamaríamos herbolario. Pero con la neurosis colectiva que acompañó a las cazas de brujas medievales ese conocimiento se volvió sospechoso. El tratado Malleus Maleficarum («Martillo de las brujas», Alemania, finales de siglo XV), de fuerte sesgo misógino, refrendó la existencia de las brujas, justificó su persecución y sugirió tremendos métodos de interrogación y castigo.
Así pues, los propios poderes públicos consiguieron que la figura de la bruja, a medio camino entre lo mítico y lo tradicional, se escorara claramente hacia el terreno de lo tenebroso.
La imagen clásica de la bruja se fue armando poco a poco, para llegar a finales del siglo XIX con todos sus complementos: gorro puntiagudo (símbolo de identificación forzada y persecución), escoba (herramienta para barrer las malas energías), caldero (representación del vientre materno: principio de la vida y la transformación) y gato negro (la injusta fama diabólica de los mininos oscuros). Todo ello acompañado, por supuesto, de una sonrisa perversa.
Y en la tradición de los cuentos de hadas la bruja se consolidó como la villana por excelencia. Ahí están la bruja marina de La Sirenita, la que maldice al príncipe de La Bella y la Bestia, o la hechicera vengativa de La Bella Durmiente. En algunas ocasiones, la bruja se mezcla con otro arquetipo femenino de lo más detestable, el de la madrastra cruel y narcisista, como ocurre en Blancanieves o Rapunzel.
Muchas de estas brujas cambian de forma a su antojo, pasando de anciana encorvada a joven deslumbrante en un parpadeo y viceversa, y algunas dominan flora, fauna y fuerzas de la naturaleza.
Pero el resultado es siempre el mismo: una mujer ya madura que desea ser la más admirada, la más bella, la más poderosa, y que hace de las suyas a una dulce y joven damisela.
Queda así claro la carga misógina del mito.
Quizá por eso, siempre me ha fascinado la bruja de la Casita de chocolate. Porque la anfitriona de Hansel y Gretel no quiere ser ni joven, ni bella, ni quedarse con ningún príncipe. Su objetivo es tan brutal como atávico: alimentarse, de niños, a ser posible. Es esta bruja la que encarna el miedo más primitivo, la que no necesita excusas ni disfraces simbólicos: su monstruosidad es ajena a vanidades.
Post aparte merecería la estética de estas villanas pasadas por el tamiz Disney, donde destacaría su querencia por las cejas arqueadas, las siluetas espigadas y el cabello corto o embozado.
Con el tiempo, la cultura popular ha intentado suavizar esta figura. Las series de televisión nos han regalado brujas jóvenes, guapas, divertidas, que lanzan hechizos entre risas y dramas cotidianos. Pero el cine de terror sigue recordándonos su lado más oscuro. Películas recientes, como Weapons, recuperan esa imagen terrible y macabra de la célebre encantadora: la bruja vuelve a ser un enigma inquietante, una presencia que desestabiliza lo que creemos seguro.

Para terminar, una reflexión: en pleno siglo XXI es curioso cómo las brujas continúan provocando misterio, atracción y un leve temblor. Cómo mucha gente paga por que le lean las cartas del Tarot o frecuenta tiendas esotéricas. Tal vez porque las brujas representan algo que no hemos terminado de comprender: el poder de lo marginal, lo femenino, lo prohibido y lo ancestral. O quizá porque, en el fondo, seguimos necesitando criaturas que nos ofrezcan una corporeización de la maldad fiel a un arquetipo reconocible y, por tanto, más fácil de evitar. Nada que ver con las perversidades de estos tiempos, repentinas e imbatibles, cuyos autores se rinden ante el Mal mientras sonríen y bromean desde las pantallas de nuestros espejitos mágicos.
Yemila Saleh Fraile, autora de Un mago del cielo.





